├ Käsekuchen ▌por Capt. Trois LeChez ┤
"Nuestros editoriales son comunicacionales, propositivos, didascálicos y diversos"



"Nuestros editoriales son comunicacionales, propositivos, didascálicos y diversos"



Pues conozco a una panda de estos hinchas de Cristo que se dedican los días domingo a obstruir el tráfico en la zona esquinera de la Eloy Alfaro y Portugal. Me topo con el pomposo eslogan de su iglesia los primeros cinco días de la semana. Pasa que para estos chistosos evangélicos probablemente -¡qué digo probablemente!- ¡definitivamente Diosito existe! Porque se necesita sostener eso con una convicción groseramente firme para dejar de preocuparse y disfrutar la vida (con Cristo, obvio). Total, que de los problemas del Ecuador (cuya bandera es lo suficiente fea con ese escudo adefesioso) se encargue un macho alfa mágico y todopoderoso, el verdadero dueño del país, a quien sólo baste orarle rastreramente para que nos cuadre las cosas. Sin embargo, es curioso además de paradójico (como bien lo apunta nuestro amigo Dawkie) que ese cuerpo estupidizante de pajas mentales con el que esta gentecita comulga, las cuales les servirían, a tenor de ese eslogan, como penosa excusa para ser irresponsables, no desincentive a los adeptos a seguir haciendo extensiva arrogantemente su drogadicción mística al resto de personas. Si las cabezas de esta secta realmente confiasen en la efectividad de sus ruegos a la divinidad no se hubieran molestado en mandar una más que elocuente propuesta estatista y teocrática para la Constitución de Montecristi.
Eslogan de la campaña de vanguardia "Bus Deísta"

mailto: ivansoyungilalamodasierra@eltelegrafo.com
♪Ay, Diosito lindo, a-yu-da-me♪
Para hacernos una ideota de lo que significa esto del "uso no sexista de la lengua", voy a reproducir un pedazo de un post (el cual recomiendo leer completo) escrito por un tal Cinzcéu, autor del blog Antes de la lluvia:
2. Segundo, hay una fatal inconsistencia por parte de estos ñoños que se consideran a la moda: son incapaces de ser consecuentes con su propia norma. Aquí son políticamente correctos y meten sus ñoñas arrobas pero allí (en el mismo párrafo o en el siguiente) vuelven al español, siempre. Son artificiosos y artificiales y, por lo tanto, son nabos.
3. Tercero, yo no he sido ni seré docente de niveles iniciales pero si pongo un mínimo de teoría, un poco de práctica y algún recuerdo infantil, supongo que la enseñanza de la lectoescritura -un saber, un oficio y un arte que no son míos- consiste en ayudar a asociar grafemas con fonemas, letritas con sonidos. Así aprendí yo y estimo que todos. Es bastante clásica la escena del maestro que escribe una "a" en el pizarrón y pronuncia verbalmente una "a". El método tendría una base indiscutible: todos hablamos antes de aprender a leer (primero) y escribir (después); la escritura es un artificio transpositivo para el registro gráfico del sonido fónico.
Ahora bien, ¿cómo carajo se pronuncia "niñ@s"?; ¿cómo exponen oralmente sus arrobas los ñoños que escriben "niñ@s"; ¿cómo se educa en la lectoescritura a partir de grafemas que no tienen correlato fónico ninguno? Me parece que así no se educa en absoluto y que los resultados de la necedad están al alcance de la mano.
Ahora, hablando en serio...
Quienquiera que realmente crea que escribir arrobas o equises donde deberían ponerse vocales, o que crea que escribir obsesivamente "los y las" y que afear las palabras con el uso de barras lo convierte en un progre chic, en fin, que crea que cagarse en la lengua española es un paso adelante en la igualdad de género, ¡se merece un castigo brutal!
Parafraseando lo que, a propósito de esto, me acuerdo que leí de Alvmundo Freudaro hace tiempazos en el blog Sin Telefé: Premio por ser avant merde al reemplazar vocales con arrobas: Palo de escoba envuelto con alambre de púas. Por el culo y sin vaselina.
Y en el caso de este tal Iván Sierra, consultor empresarial y asno invitado de El Telégrafo, un chirlazo en la cara como remate por haber perpetrado un desperdicio de papel, tinta negra y espacio ciberespacial al escribir semejante paparrucha de columna.
La madrugada de ayer el gusanito de mi subconsciente me estuvo carcomiendo la cabeza por una cosa bien fea que había escrito en la entrada anterior, de la que me doy cuenta recién ahorita. En efecto, garrafal equivocación mía... Gracias por no mandarme a la casa de la verga por haber sido vulgar.
Y es que que la vulgaridad se cuele en nuestra psiquis y en nuestros consecuentes actos es algo que nos debería preocupar más seguido, amiguitos. Y yo me he portado muy vulgar a ratos, por lo que veo necesario presentar mis rectificaciones editoriales.
Entonces quiero aprovechar estos párrafos para asimismo decir que lamento haber sido vulgar al decir que el Ecuador "vale verga" en aquel post. El susodicho "bot" que me dejó una tripleta de comentarios pendejos cayó a este blog precisamente por guglear la respuesta a "por que el eccuador vale veraga" (sic).

Que me manden despropósitos de ese calibre es culpa mía. Estoy a cargo del contenido de este weblog y reconozco que es gratuitamente escandaloso y malsonante exclamar que el Ecuador "vale verga". En serio, pido disculpas por haber soltado afrenta tan soez. Primero, porque jamás fue mi intención emular a De Be en su estilo de negocio, ni tampoco quiero atraer a su tipo de clientela. Y segundo, pues porque la verga, en rigor, ¡vale bastante!, por ende, en miramiento a los tabúes de esta sociedad tan falocéntrica, colonial, machista y capitalista, una paradoja retórica como aquella resulta ciertamente ofensiva. ¿O no?
A la memoria de Claudio Acuña, víctima de los azarosos caprichos inefables de la neuroelectroquímica del cerebro...

Bien, el comentario 333 de este blog, cuyo autor iba a ser premiado, fue enviado por un ente que por un momento ni siquiera se me antojó humano. He a continuación el recorte:

Pues vaya. Leí eso y de pronto me acordé de Claudio Acuña. La primera vez que había leído sobre lo que es un chatterbot fue de parte de este personaje, Claudio. Ese pobre Claudio.
¿Quién carajos es Claudio? Les cuento. Era un latoso ciberanuta argentino cincuentón conocido por promover su demencia conspiranoide en un sinnúmero de foros y tableros de discusión. Me lo encontré por primera vez en FACTNet, creo. Insistía en que él era la única persona verdadera de carne, huesos y cerebro en la Internet y que el resto eramos simples bots de charla, o sea chatterbots. Aunque estos programas simuladores existen realmente en la Internet, Claudio iba más lejos cuando afirmaba que solamente los bots que estarían administrando los canales IRC o moderando los foros eran los verdaderos protagonistas, pues se suponía que los demás usuarios no existían ni como chatbots autónomos porque los bots administradores contaban con una IA tan avanzada como para usar distintos alias para simular conversaciones virtuales "reales". Hasta llegó a crear una comunidad en Yahoo que según él era el único foro virtual verdadero de la Internet. Cuelgo abajito uno de los típicos mensajes que viciosamente posteaba, mirar:
¿Fascinante? Bueno, Claudio, en mi humilde opinión (digo humilde porque estoy muy lejos de ser de los chicos más guapos del universo, aunque eso no me inhabilite para decirle "gorda fea" a alguien que de hecho es una gorda fea), padecía de una patología esquizoide muy chingona que he de intitular desde ahora como "solipismo de a verga", en el caso suyo, agravado por caracterizarse dentro de la variante más paranoide conocida en la calle como el síndrome de "YO contra el mundo". Estos pruritos de ego le son frecuentemente achacados a cada teórico de la conspiración que anda pululando en la Internet, por eso de llevar desubicadamente sus jueguitos megalómanos propios de Fantasilandia a la realidad. Pero esta calaña de sujetos, ¿son acaso todos unos locos de mierda? No necesariamente, pues verás, lo de Claudio era hasta un un caso de manicomio, lo que nos lleva a asumirlo como alguien carente de pensamiento racional y de libre albedrío; no obstante, a fin de ser injustos (y, sobre todo, prácticos), habría que concordar en que debemos tratar de otra manera a las personas identificadas como "comunes y silvestres" cuando se vayan por las ramas, como por ejemplo, a los típicos blogueritos que, estando supuestamente en su cabales, exageran la influencia contestaria de sus panfletos virtuales de a gamba y deliran con ser el centro de persecusiones extravagantes. Las convenciones sociales exigen que a ellos en cambio se los califique de, bueno, "cojudos que se dan aires".
¿Y entonces qué pasó con Claudio? Pues si me refiero a él en pasado es porque sospecho que este hombre ya falleció. Probablemente cometió suicidó o lo venció una de sus enfermedades crónicas..., o quizás la CIA finalmente le dio de baja como experimento virtual; esto último se me ocurre porque, ahora que lo pienso, creo que capaz que era él el bot. Lo he vuelto a googlear y me encuentro con que el tipo este no cambió de disco en varios años. Repetía las mismas tontopolleces por aquí y por acullá, algunas de las cuales veo pertinente considerarlas ya como memes clásicos: ponte, además de esa cantinela sobre los bots de charla, afirmaba que en McDonalds te filman en los baños mientras defecas; o que ese psiquiatra Roberto Kertesz es un führer; o se mandaba unas increíblemente deprimentes anécdotas personales que hasta hablaban de su madre loca (y de que ella le quería echar de la casa por las huevadas que escribía en la Internet)... La plena, lo curiosamente trollesco de este Claudio estaba en la variedad de reacciones de confusión y comentarios que generaba en foros con usuarios y tópicos de naturaleza a veces bastante desemejante.
Vamos, que era un pobre hombre, un desgraciado, sí. Pero al menos contaba con aspiraciones egocéntricas con valor de entretención. Los desvaríos suyos, sus denuncias, experiencias, sus ocurrencias esquizotípicas, nunca me conquistaron el corazón, pero en cambio me dejaron con algo, ¿no? Con el recuerdo de un personaje friki, enigmático y único, a quien en circunstancias ordinarias jamás llegaría a conocer. También me queda la leve sensación de que debí haber estado patéticamente desocupado como para interesarme en un pendejo como él. Como sea, le reconozco por haber dejado una particular huella... virtual.
Pero bueno, volviendo a lo que decía sobre el ente que iba a ganar un premio especial (ahora cancelado) por dejar el comentario 333 en este blog, ¿qué, acaso creo que era aquel un bot de charla? Por supuesto que no. Tal vez los catchpas son posibles de burlar hoy en día y me supongo que los bots de charla se han modernizado, pero es que nada es tan inconfundible como el estilo de escritura de un maldito subnormal. De ellos sé porque los conozco de cerca, y son reales, créanme, que hasta me dan miedo.
Entonces, inspirándome en que los catchpas no bastan para filtrar inteligencias no artificiales indeseables, presento ahora mi nuevo puzzle experimental. El rectangulito contiene una cadena con una clave para desbloquear las futuras entradas misteriorizantes de este blog. La condición para resolver la cadena es que al trocarla hay que mantener el mismo número de letras del mensaje y el BloqMayús encendido, y como quiero hacerlo realista exijo que sea necesario escindir el trío de inicio. Y si alguien se atreve a publicar en las cajitas la solución al enigma, el comentario será borrado con extremo prejuicio.
Ich habe mehr, zum zu sagen, aber je ne veux pas vous ennuyer beacoup...
We choose the cheese (and the loon)
En este blog me desquito por las recurrentes cojudeces que me amargan la vida.
Es verdad que los recalcitrantes rescatadores de pueblos me cargan con sus fullerías socialistoides. Pero no es menos cierto que los anarcocapitalistas en cambio me cagan con pretensiones que me recuerdan a lo peor del utopismo de los comunistas. Para mí no hay dictomía entre el Estado y el mercado. Creo que los Estados, en principio, responden a las necesidades del mercado.
Es muy simple. El mercado, que está compuesto personas, más que parecerse a una gran conversación, es como un torneo, o una gran merienda de negros. Son las masas las que escogen otorgarle poder a un consejo de sabios representantes porque demandan seguridad, protección, liderazgo, orden, estandarización, privilegios, defensa de particularismos gremiales y what not en la sociedad, sin importar si a cambio tengan que sacrificar parte de sus libertades o pagar impuestos. Tenemos un Estado porque existe un acuerdo en que debe haber uno. Y si bien el Estado no es el supremo creador de los mercados, sí podría servir para rentabilizar ciertas actividades comerciales, así que no entiendo por qué el Estado ha de ser obligadamente un enemigo de la empresa privada, como tampoco veo una contradicción entre la regulación del poder y el minarquismo. Lo que sí entiendo es que para postular la abolición del Estado se requiere una sociedad de ideólogos (communist much?).
Cierto, algunos de esos prestidigitadores dizque progresistas, haciéndose los inmaculados, insisten en que juegan fuera de las reglas del mercado. Como si la raíz de sus propuestas estatistas se apartaran de la competencia entre participantes o de la exaltación del consumo. Todo lo contrario, maldita sea. Si los que triunfan en el mercado son quienes conquistan a una gran mayoría. En el caso particular de estos emprendedores políticos, históricamente los parásitos de las sociedades, ganan quienes se hacen querer demagógicamente por la gran mayoría, de pendejos casi siempre. No seamos ingenuos entonces, que del mercado no nos va a librar ni Su Fideeza.
El hombre nunca se conforma. Tenemos necesidades virtualmente infinitas cuya satisfacción la buscamos en otros ofertantes a quienes damos lo que sea a cambio. Y digo lo que sea, porque para que estas necesidades sean adquisitivas en una transacción no necesariamente deben estar respaldadas por bienes materiales o medios monetarios, ni siquiera por fuerza de trabajo. Yo diría que, a diferencia de lo que comúnmente se cree, hasta los despojos humanos más miserables del lumpemproletariado son parte del mercado. Creo que fue la célebre gurú Alissa Zinovievna Rosenbaum quien despectivamente se refería a aquellos que presumen de sus heridas o desgracias, provocando lástima apropositamente, como gente que en rigor no tiene nada que ofrecer. Yo discrepo. Aunque a esos pobres infelices no le quede otra que usar su miseria como cebo para captar las fibras sensibles de los pudientes, es evidente que esa retribución psicológica que causan en otros es un incentivo poderoso para motivar diversas expresiones de solidaridad, así sean estúpidas, conservadoras o inanes como en el caso de la caridad. Y es que qué se le va a hacer, existe una demanda socialmente rentable por darse de "buen samaritano".
Lo bueno es que de vez en cuando nos topamos con mamíferos refrescantes como Risto Mejide, quien además de ser aquel capo de la mercadotecnia que hizo de jurado chulo en 'Operación Triunfo', es un activista con una visión del humanitarismo menos cojuda de la habitual. La agresiva campaña de esos videos me hace pensar, en serio. Pensar, que para que la gente se conmueva, y se mueva, siempre tiende a esperar a que las cosas sean para tanto, y que quizás cuando las cosas son para tanto ya es demasiado tarde y las acciones no valen la pena. Un asumido reconocimiento de causatividad respecto a algo conlleva a su vez a la reflexión de saber cuando o no actuar, porque a la postre la responsabilidad no es la obligación de responder a algo, sino, como la palabra mismo lo dice, la habilidad de responder apropiadamente. Y a veces lo mejor es dar una no respuesta.
Me vale pedo si en Cuba ningún niño se muere de hambre. No se puede esperar a que todos estén 'bien' como permiso para ser vivir la vida, que de hacerlo nunca se podría llevar a cabo algo propio que valga la pena. Si de procurar la cobertura a los pobretones se trata, pues sí, preferiría ayudar a un niño peruano indígena a que se compre un iPod a desperdiciar donaciones en causas perdidas como la de, dime tú, mantener a una panda de infantes flacuchentos y panzones de Etiopía solamente para que al crecer le puedan seguir pasando el SIDA a otros cuantos negros bastardos. Voto por que se los deje morir y punto. Yo iría todavía más lejos que Risto en lo de plantear iniciativas humanitarias con ambiciones utilitaristas. Ponte, en vez de apadrinar a los pobrecitos del Perú, ¿por qué no mejor acolitar la creación de escuelas para niños superdotados? Como para variar. Preferiría apoyar a quienes sí podrían aprovechar las ayudas económicas, devolviéndole al mundo bastante más que una mera existencia corriente y mediocre. Total, son esos esporádicos cerebros privilegiados quienes se abonan como generadores o divulgadores de ideas; son los que casi nos dan pensando al resto. Además, quién sabe, de pronto unito de esos destaca en un alguna pendejada medio bacán, de esas que incitan a la socialización de logros ajenos so pretexto de un "orgullo nacional". Digo.
Ah, y volviendo a Risto, reconozco que si un tipejo como él se carga una hinchada es solamente porque habemos personas con morbo malcriado que le seguimos. Él y su lengua viperina eran la única razón por la que veía sus videos de OT (ojo, es una abreviación de 'Operación Triunfo', no confundir con Operating Thetan) colgados en el TuTubo. Era bacán verlo eviscerar verbalmente a los concursantes con tal de armar un circo, perdiendo escrúpulos en cada programa y demostrando un oportunismo de publicista sin igual; pero como lo sabía hacer con estilo, elegancia e ingenio, se lo respeta, para qué. Y como filósofo frustrado que escribe libros de anti-ayuda también es un hijueputa, verás.
Una frase que este fulano reproduce constantemente en uno de sus libros y que me gusta es la de que "el triunfo atonta". Contrario al típico gurú empalogoso, este Risto ofrece una visión pesimista y poco políticamente correcta del triunfo, llegando a decir que incluso se puede "fracasar de éxito", pensamiento en apariencia absurdo, por lo oximorónico, pero real. Tiene sentido, pues si el éxito es como una parálisis es por lo raro y embriagante que es. La felicidad misma puede ser estupidizante o servir para perpetuar la estupidez. De ahí que digan que la ignorancia es felicidad o que no haya tonto que no se crea listo. Las endorfinas, dopaminas o serotoninas que segrega el cerebro son como drogas, y de pronto pueden ser las peores drogas debido a su naturaleza endógena, encubierta.
Por ejemplo, las drogas espirituales o místicas: el mismo Dios. La adhesión de un percebe a un culto religioso no es algo que preocuparía su vida, al menos no al principio. Los problemas empiezan como resultado del exacerbado apego por las pajas mentales de su doctrina o credo particular, adicción con posibles consecuencias sociales perniciosas. Los miembros de una secta harían casi cualquier cosa por proteger la fuente de sus codiciados péptidos opioides. Por eso es fútil argumentar contra la mayoría de ellos. Puedes mandarte los mejores agumentos o las razones más atinadas por las cuales sus creencias son puras chorradas; nunca los podrás convencer. La lógica y la razón les gritan, pero ellos jamás escuchan, igual que cualquier drogadicto en denegación. Y es que no se puede seriamente postular la desaparición de las religiones y demás supercherías dado que esas huevadas son meras excusas para encontrar la secreción de neuropéptidos, o sea la felicidad, de la que siempre habrá demanda. La condición neuroelectroquímica de nuestra mente que nos orienta hacia esas pajas no va a cambiar ni en un futuro cercano.
Sí, yo también alguna vez quise encontrar esas drogas a través del desvío religioso. No funcionó, porque esas puterías no son para mí. Luego fui más sincero y traté de procurar la felicidad con la mezcla de olanzapina y venaflaxina. Tampoco funcionó. Me alelé, aluciné y me volví somnoliento; hasta engordé. Un día caí en cuenta de que me iba a dar diabetes por consumir esas pastillas y entonces las arrojé por el escusado.
Una vez quise probar marihuana. Fumé un porro. Y no sentí nada. Nada.

Una mañana, tras una cuajada irregular, el queso se maduró apestando a pies.
Yo Juzgo: Entre Gabrielidades y Gansos
He de rodar, rapidito, ¡que me estoy quemando! Examino brevemente una pieza bloguera de malinformante parodia, proveniente de aquí.
Hace un año, Xavier Flores Aguirre, en su papel de reivindicador quejicoso, le envió un correo a la popular Gabriela Calderón para criticarle uno de sus editoriales publicados en El Universo, un artículo en el que ella defendió la desregularización del mercado laboral. Esta carta, que fue publicada en su blog, se quedó sin acuse de recibo, cosa que este Flores asumió como un silencio otorgante.
Leo que Gabriela Calderón es acusada de defender un supuesto capitalismo explotativo. En uno de esos artículos Xavier Flores declara resentir de las empresas que para ahorrar costos de producción se han aprovechado de países que venden mano de obra barata, países como China o Tailandia. La propuesta suya es la predecible: que como esas empresas, malvadas transnacionales, son mezquinas y explotan a los obreros, el capitalismo de mercado es cruel, ergo necesitamos del Estado justiciero para que cuadre las cosas.
Pero lo que me motiva a escribir sobre esto viene a raíz de lo publicado recientemente por Xavier Flores hace unas pocas semanas. Lo que este fulano describe como "el complemento perfecto" de su carta a Calderón (que consta aquí) se fundamenta en un ejemplo tan desubicado que resulta, en efecto, casi perfecto, ¡pero para darle la razón a la vapuelada Calderón!
Porque lo que la carta envíada por esa tal Karina a El Universo describe sucintamente las consecuencias de una excesiva inflexibilidad laboral en un país como el nuestro. Es muy simple, creo yo: Karina va a prescindir de contratar a una empleadita doméstica dado el caro riesgo que ahora le supone, por tanto la candidata que de otro modo iba a ser contratada no va a conocer a Karina como patrona (ni a ella ni a quienes estadísticamente van a adoptar una postura similar), quedándose sin pan ni pedazo y, quizás, hasta sin migajas. Pero este Xavier Flores se pasa por el forro ese asunto y prefiere desmerecer sarcasticamente a Karina montando un muñeco de paja al compararla a ella con una suerte de empresauria maquiladora de la China.
Me parece notable lo estúpida que es esa comparación. ¿Es Karina una maquiladora del codo por pagarle un poco menos del mínimo? Por favor, vaya gazmoñería. Si me preguntan, deleznando el positivismo como único criterio moral, no me parece socialmente justo que esta Karina le tenga que entregar a su nueva empleada casi más de la mitad de su "pancito", sin recibir a cambio un servicio en conformidad, simplemente porque el mínimo salarial así lo exige. Por otro lado, la situación de estas empleaditas domésticas, con una ocupación mucho más holgada que la de su patrona (como para que se puedan permitir faltar, llegar tarde, usar el teléfono, ver televisión, descansar, escuchar música y, en general, laborar sin estar bajo una supervisión cargante), de ninguna manera califica para semejante drama ni mucho menos para ese demagógico símil, especialmente a sabiendas de que la patrona les está cediendo casi la mitad de su mucho más sudado sueldo (el que a duras penas le alcanza para cubrir sus gastos).
¿Cuál sería entonces la solución para las ahora crecientes desempleadas domésticas? Sinceramente, no me sorprendería demasiado que alguien como Xavier Flores, siguendo ese igualitarismo impositivo que predica, propusiera crear una ley que obligue a una malvada como Karina a contratar empleadas aun cuando no las requiera o le salga prohibitivo hacerlo.
Por último, los que coronaron esta babosada fueron quienes se gastaron en la discusión derivada en la cajita de comentarios. El desencanto de Karina León es algo relacionado con la falta de flexibilidad laboral en el país, un problema que por cierto no se reduce a la cuestión de un aumento inoportuno del sueldo mínimo. Lo que veo en las respuestas de Xavier Flores a este asunto son bombardeos pedantes con opiniones y declaraciones que se van por las ramas (una manera de crear un muñeco de paja consiste en rechazar huevadas que nadie ha propuesto y que pertenecen a otro cacao): por ejemplo, que traiga a colación las situaciones de Cuba o la URSS como algo contrapuesto a su propuesta (a pesar de que nadie apeló a esos clichés previamente), para luego conjugar el tema del sueldo mínimo con el de la planificación central. ¡Una soberana cojudez! Si un país como China, ejemplo estrella de maltrato y explotación laboral, en realidad ha contado con un estado planificador, heterodoxo y pragmático (ni modo, hasta Joseph Stiglitz lo condecora como un modelo a seguir). Justamente una de las estrategias del Estado chino para su despegue económico ha sido ofrecer mano de obra barata, cosa que consiguieron gracias al exceso poblacional y a la dictatorial prohibición del sindicalismo. Los estados de países como Japón, Taiwan o Corea del Sur se manejaron de manera semejante cuando se encontraban en vías de desarrollo. La planificación de los estados empresarios no va necesariamente de la mano con el miramiento por los derechos sociales de los obreros y what not, más bien las experiencias de esos países hasta nos sugerirían lo contrario (y es que desde el Estado, viendo los sabelotodos la "gran película", se tienden a relativizar esos asuntos).
Lo que pasa es que nos sobran ideólogos arribistas alelándonos con la estúpida idea de que un estado niñera regalón y proteccionista a la europea es viable para un país con un estándar de vida tercermundista como es el nuestro. Para plantear semejante cosa, que podemos convertirnos en un "Estado de Bienestar" socialistón sin siquiera pasar por un áspero capitalismo, se necesita creerse el cuento de que podemos saltarnos revolucionariamente los gradientes, lo cual es una barbaridad digna de un leninistoide. Lo curioso es que si a estos huevones les preguntas te van a decir que tan sólo son socialdemócratas, o sea, moderados. Pues vaya, si me preguntan, diría que lo que son es una partida de aguados, chantas, esnobs...y poseurs que no nos hacen ningún favor con sus vendedoras sandeces.
En cuanto a Gabriela Calderón, no me parece lícito afirmar que su mutis por el foro garantiza una admisión de culpa o de carencia de argumentos. Tal vez es sólo que ella no es tan cojuda como para caer ante cualquier provocación. La otra vez le pregunté a propósito del tema y me dijo que "de lo que he visto, sus artículos en mi contra son meros intentos de estigmatizarme y no de discutir las cosas en serio". Que el lector juzgue. Ahora.
(Gracias por acompañarnos en esta edición de Que el Lector Juzgue. Hasta la próxima.)
Tiens! Heme aquí, otra vez. En un blog.
Estoy sentado. A un metro sobre mi cabeza se encuentra una colección de 10 tomos de "La Historia de la Literatura Universal" que lucen exactamente como los de aquí. Lo anuncio porque sorprendentemente es la primera vez que les presto la debida atención. O sea, me acuerdo de toda la vida del aspecto de su dorada encuadernación, colocados sobre una vieja repisa, allá en la otra casa en la que viví de mocoso; pero no me había percatado de lo que contenían, de lo que se trataban... ¡hasta ahora! Esos tomos, que ocupan más o menos 3 centésimas de metro cúbico de espacio (parece que es poco, pero en serio que ocupan eso, ¡lo he calculado!), sólo habían significado para mí un mero segmento del ornamento hogareño que era aquella masiva biblioteca que me vió crecer y que aparentemente fue acusada de recibo con filistea indiferencia. Es tan así que los libros que he necesitado o que me han llamado la atención casi siempre los he conseguido de afuera, comprándolos en librerías y puestos de venta o bajándolos por Internet, a veces para darme cuenta, meses o hasta años después de la adquisición, que ya existía una versión (más vieja, por supuesto) de libro asado o cocinado en la propia casa.
Hace pocos momentos pensé en vender esos tomos vía Mercado Libre, como lo he hecho con varios artículos redundantes que la buena de mi mamacita ha comprado impulsivamente para no usarlos nunca; pero hace muchos menos momentos aún acabé por decidir que cuando me separe quiero llevarme esa colección de librotes junto con otros tantos que veo por aquí. Los he de atesorar a pesar de que difícilmente, en lo que se viene de la vida, caigan tales obras dentro de mis prioridades curiositivas o literarias, no como para que me ponga a revisarlos en serio (obvio, no me dedico a las letras). Los quiero como material para el fondo de una estantería especial que pienso construir, a modo de tontopollesca joda conceptual, en representación de la tradicional imbecilidad de poseer bibliotecas con libros muy bellos, que no se los lee jamás.
Y una cosa adicional, para variar. Los pristiños que me he enseñado a preparar, salen bastante bien. Creo que me gusta hacer repostería. Como hoy estoy viviendo solo me he permitido hacer varios menjurges experimentales. Justo anteayer me dediqué un pie de babaco. Quedó un-fucking-believable.
Ah, y me queda menos de una semana. Así que stay tunned, que puede que me invente un premio especial para quien perpetre el comentario número 333.

Que el Lector Juzgue: Crea lo que quiera, pero créaselo (incluye guiños emulatorios)
Estimados contertulios:
Bienvenidos a una nueva edición de Que el Lector Juzgue. Por esta ocasión, o mejor dicho, en este blog, voy a ser yo el que juzgue, obviamente. Que mi podio de juez no le venga sin cuidado, amigo, pues recuerde usted que si bien mi consabido personaje no representa, generalizando estúpidamente, a el lector, el que yo sea sólo uno, o tal vez otro, no significa que sea ninguno: fíjese que, estadísticamente hablando, si yo pienso asado o cocinado sobre tal o cual cosa, es lícito inferir que va a haber unos tantos más ahí fuera con opiniones símiles. Total, "la mayoría de gente son otra gente".
Así pues, sin más exordio que el párrafo anterior...
La Suciedad de Hippies (We're Only in It for the Tits)
Lo que fundamentalmente diferencia a un izquierdista de principios de uno de modas, es que los verdaderos -aparte de ser, de entre las izquierdas, una panda númerica y sociológicamente minoritaria- asumen e interiorizan su repertorio ideológico con la suficiente gravedad como para no seguirle la corriente a cualquier huevada que se venda como producto de vanguardia, sin importar si esa mantención de principios es perjudicial para su as(c)enso social o para la capitalización del fervor uterino de alguna golfita impresionable.
El movimiento hippie, como muestra de esta calaña que compone la normalidad entre las zurderas, no deja de perder fuerza ejemplificadora. Frank Zappa, quien era un sujeto demasiado sagaz como para comerse el cuento de que lo "transgresivo" es válido per se, despreciaba a los hippies, a quienes denunció diciendo que no eran sino "otra manifestación del conformismo norteamericano, de la tendencia a agruparse en tribus que aceptan un evangelio que les hace sentirse superiores a los demás".
(Con Zappa podemos discrepar en eso de atribuirle a ese comportamiento la etiqueta de norteamericano, porque el tribalismo lo acarreamos desde que eramos primates menos civilizados, además no le veo mucho pecado a las masturbaciones egoístas. Pero el queso del asunto es el engaño de ese buenismo tarúpido e hipócrita que pretende engañarnos con esas poses, idealizándolas como algo que no son.)
En lo que me gustaría que nos centremos por lo pronto es en esa cacareada rebeldía vendedora, dejando esos jueguitos de ego aparte, para ver si estos personajes, quienes para hacerse notar se mercadean como reivindicativos, vanguardistas, libertadores, transgresores o qué sé yo, hasta qué punto responden por lo verdadero y si realmente le hacen honor a esas etiquetas que ostentan como medallas. Uno de los artículos del columnista Xavier Flores Aguirre publicados en El Telégrafo me parece casi perfecto para ilustrar esto que hablo. Veamos:
Ahora, ¿quiénes han compuesto, en nuestro país, la así llamada “sociedad normal”? De manera tradicional, la han compuesto personas de clase social media/alta, de género masculino, de raza blanca (o pretensamente blanca), de religión católica y de ideología conservadora. También, de manera habitual, el derecho (expresado en la redacción de leyes y, en particular, en las decisiones de los jueces -que han solido compartir los atributos de quienes componen la “sociedad normal”) ha respaldado la posición de los miembros de la “sociedad normal”. Precisión necesaria: sostener la existencia de una “sociedad normal” implica sostener la existencia de “anormales” para esa sociedad, de personas que no comparten esos atributos de clase, género, raza, religión o ideología, lo que termina por implicar, de manera habitual, la exclusión o la represión (que se manifiesta en la negación del ejercicio de ciertas libertades) de quienes son considerados “anormales” (o sea, en concreto: indios, negros, cholos, mujeres, no católicos, homosexuales, liberales y defensores de libertades públicas y, en definitiva y de manera general, los pobres).
Permítanme unas cuantas observaciones, si no es mucha molestia.