Buenas, ¿cómo están? Soy yo otra vez, el dueño de este blog.
De la miel de maíz alta en levulosa hablaremos luego. Ahora quisiera, si no es mucha molestia, volver a panfletear un poquitín contra ciertos columnistas mediopelistas de El Telégrafo.
Antes de referirme a nuestro 'telegrafito' de ocasión, y a manera de exordio, quiero dejar en claro que, para mí, que el administrador de un blog tal y cual borre los comentarios de lectores adversarios, suprimiendo esas opiniones para que no se lean en las cajitas (sin otra mejor excusa), pues eso en mi llacta bloguera es puñetes. Eso no se hace, digo yo.
De ahí que me haya propuesto despotricar contra el panela Raúl Vallejo la otra ocasión. Lo único que hice fue enviar en una de sus cajitas un comentario crítico (pero respetuoso) en el que me refería justamente a la gazmoñería con la que vi que solapaba su transfuguismo de último minuto, comentario que el administrador debió haber aceptado responsablemente y en coherencia con lo que ellos, los de la "revolución ciudadana", tanto predican, pero que sin embargo no fue publicado (al revés de los comentarios de los aduladores). Como aquello era predecible me molesté en grabar mis palabras para luego emitir una versión de esas opiniones desde este blog.
Que conste entonces que una de las cosas que me fascinan de estos personajillos que hacen de heraldos de la progresía es que acostumbren llenarse la boca con linduras como "democracia", "pluralidad", "diversidad", "tolerancia", "inclusión" y demás huevadas, mas cuando se les rasca un chance la piel, más claro, a la hora del te, delaten que sus verdaderos colores van en sentido contrario a esas poses. Me fascina, en serio, y me parece excelente, pues se ponen en evidencia. En el caso de Vallejo se me hizo reveladora su actitud, porque de veras que lo creía más honrado. Cuando el Guillermo Landázuri, que era el detestable dirigente de la ID, le pidió que se desafiliara del partido por colaborar como ministro en el gobierno de Palacio, Vallejo se negó con justa razón; que recientemente se haya desafiliado del partido en el que llevaba más de dieciocho años aduciendo una justificación aun más contraria a las tradiciones democráticas, deja tela sobre sus verdaderas motivaciones. (Y cierto, eso de la desafiliación no es lo único que me viene fastidiando del Vallejo, de este tipillo tengo otras observaciones que hacer, pero las he de compartir en otro post.)
Ahora..., ah, sí, sobre Lucrecia Maldonado, una de los telegrafitos.
El blog de la Lucre se llama Ganas de Hablar, ya. Hace pocos días esta fulana, quien por supuesto es una de las "groupies" de Correa, había dedicado en su blog una entrada en la que saludaba lameculistamente la agenda de los medios públicos y se refería a los detractores como unos amargones perdedores, desmereciendo las reprensiones de estos hacia Correa basándose ella en un vago tu quoque. Entonces me dió por hacer un experimento. Le mandé un comentario en la cajita de su blog haciendo algunas observaciones puntuales sobre lo que había escrito, y además, anticipando que no iba aceptar mi comentario, le advertí que de todos modos iba a responderle desde este blog. Pocas horas después, y como era de esperarse, la Lucre lo manejó borrando de su blog esa entrada.
Pos nada. Eso está mal y hay que joderse. Toca acudir al caché de Google para resucitar el texto que Lucrecia Maldonado quiso borrar. Lo que voy a hacer es volver a publicar esa entrada desde mi blog junto con mis comentarios al respecto (lo que constituye un uso justo de material ajeno, ojo). Eso y... perpetuar en su creciente biografía virtual las entradas de mi blog que mencionen su nombre. Es lo menos que puedo hacer.
Veamos...
"Prefiero escribir esto en mi blog, que es un espacio personal, y no en El Telégrafo, un periódico que solo se puede leer en Internet (aunque cada vez más gente se las arregla para poder leerlo)"
Chanfle. Y yo que pensaba que publicar un weblog propio es algo parecido a montar un espacio personal en un medio de difusión pública. Y es que como a los blogs sólo se los puede leer desde Internet, a estos espacios difícilmente se los puede considerar como un medio. Yo diría que los blogs son más bien un corto, mira.
En cuanto a El Telégrafo, pasa que es un diario con un consumo tan bajo que, y conforme a la admisión de la Lucre, si la gente que no cuenta con Internet lo lee es porque hasta lo distribuyen gratis. Es patético que un periódico que se dice ser un medio público se quede tan pero tan corto: y no sólo como medio masivo, sino también en sus pretensiones de ser público.
Con lo último quiero decir que El Telégrafo no está en posición de enarbolar la banderita de lo público. Para mí que es más lícito decir que se trata de un diario estatal, quizás hasta de un diario medio gobiernista (esto según lo que hasta de boca de una de las prostitutas estrella del gobierno ecuatoriano, el Fernando Bustamente, se ha sugerido).
Es medio confuso, cierto, pero me parece puntual hacer una distinción entre lo público y lo estatal. Para cranear esto sugiero que revisen lo que en un artículo de la revista Vistazo de hace meses explicaba Ana María Raad a propósito del tema. Según esta columnista lo público “está relacionado desde sus inicios con la idea de inclusión” y tiene como objetivo “garantizar la representatividad, ser pluralistas y permitir el acceso a recursos simbólicos”. Bien, pues frente a esos retos no veo que El Telégrafo ofrezca nada nuevo bajo el sol ni que avantaje mucho en variedad a los otros medios escritos. Tampoco ayuda que sea un periódico con un claro sesgo editorial afín al mercadeo y a la politiquería políticamente correcta de izquierda del actual gobierno.
Digo, si lo público está relacionado con esas linduras sonantes que van desde “inclusión”, “diversidad” o “multidimensionalidad” hasta eso de la “participación ciudadana”, entonces resulta irónico que diarios como El Comercio o El Hoy, ambos baluartes de la "prensa corrupta" según los correístas alelados, procuren todo aquello en mayor medida que El Telégrafo. En el caso del diario El Comercio, tanto en la versión impresa como en la versión online los lectores tienen más chance de participar, ya sea enviando cartas o columnas de opinión para que sean publicadas, escribiendo en blogs asociados, comentando en los foros de opinión de las noticias, calificando las columnas de los articulistas, etc. El Telégrafo se maneja con cierto hermetismo y sin mucha apertura hacia los puntos de vista de los lectores, y francamente creo que ni aunque excediera en eso se acercaría cabalmente a cumplir con los objetivos de lo público en un medio escrito. Objetivos que no creo que tengan que ver precisamente con ser un “contrapoder fáctico”, que es cómo Carol Murillo, la subdirectora editorial de ese diario, describe a El Telégrafo. Perdónenme, pero no veo por qué un diario que se arrogue la denominación de público deba servir para volverse un vocero del oficialismo además de contreras de los medios tradicionales.
Finalmente, en cuanto a Lucrecia Maldonado, revisando algunas fotos suyas difundidas por Internet, veo que sin lugar a dudas se trata de una gorda horrorosa. Este calificativo, por si acaso, lo pongo secamente, sin hiel pero tampoco dando lugar a connotaciones picarescas, connotaciones con las que en cambio sí se podría excusar en algo la “supuesta” (es notable la aura de objetividad que le abona a esta señora el uso de ese adjetivo, hasta parecería que estitos están aprendiendo los vicios de la competencia) grosería de Correa a cierta periodista cuencana.