Los igualitaristas carecen de vocación para el progreso
Media hora de mi madrugada insomne dedicada a un cortometraje de ciencia ficción basado en una historia de Kurt Vonnegut Jr. Valió la pena.
Pues sí, corazones, en efecto es una caricatura distópica. En las ficciones, con el objeto de magnificar un quid, es lícito que las historias se presten a hipérboles. Sin embargo, citando al mismísimo Vonnegut: "No soy la única fuente de ideas dementes. La historia nos ha provisto de muchas -el nazismo o el comunismo, por ejemplo-, las cuales son ideas de ciencia ficción reales que han moldeado enormemente nuestras vidas".
Y bueno, aunque Vonnegut originalmente no pretendía darle una orientación demasiado política a su historia, las semejanzas con la realidad pueden dar qué pensar. Considérese solo los comentarios ultrapolitizados vertidos en Cuevana por la poca de gente que se sintió ideológicamente aludida.
Ver 2081 como una crítica mordaz al comunismo es una lectura posible pero limitada. Para mí va más allá: se trata de una reducción al ridículo de las pretensiones igualitaristas de lo políticamente correcto, cuyas manifestaciones en la vida real ya casi rozan lo demencial. La recomiendo.

Basta revisar la sección Contactos en MundoAnuncio o en OLX para dar fe de la existencia de esta situación económica que describe Andrés con respecto al mercado genital.
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Mis prejuicios sinestésicos, lingüísticos y naturalistas
También soy de los que piensa que Bouba es el de la derecha.
Hay más redondez en la vocalización de ese nombre. Las letras son más abombadas y hasta los músculos de mi cara adoptan una forma más convexa al pronunciarla.
Hablando de asociaciones psicológicas fascinantes, los acentos idiomáticos evocan impresiones que se prestan a comentarios étnicos. Ejemplos: el habla y las gesticulaciones del argentino reafirman mi prejuicio de que los albicelestes (en particular los porteños) son pedantes y engreídos; el acento de sus vecinos del oeste hace lo mismo con mi impresión de que los chilenos tienden a ser gente cortante y severa; detesto el dejo de dejadez y rusticidad en el habla de los mexicanos, el cual se halla en conformidad con la idiosincrasia de ese pueblo (de ellos no me agradan ni sus localismos).
En cambio me gusta el acento españolísimo. Y adoro el inglés de los británicos. Elegantes, finos... y hasta sensuales.
El Merovingio de "The Matrix Reloaded" dice en su monólogo que el francés es su lengua favorita entre todas las existentes, especialmente para putear; pero en rigor su acento afrancesado solo consta para darle a su personaje un aire amanerado e intelectualoide, a tenor del cliché. Es obvio que el alemán es mucho más sonante para maldecir; es un idioma claramente masculino (a pesar de ser gramaticalmente hembrista). El francés suena a mariconada.
Como sea, volviendo al monólogo de Merv, estoy de acuerdo en que el libre albedrío es una ilusión (una ilusión muy conveniente y necesaria empero). La causalidad es todo. A la hora de la verdad estamos fuera de control. Alguien pone un pedacito de jenjibre en el meato urinario de tu pene y muy probablemente vas a reaccionar con una gran erección. Pero la sensación de quemazón es segura.
Causa y efecto.

No, no es mi meato.
La desolación que trae el saber que un ser querido tuyo ha sido sentenciado a muerte, al menos en mi escenario presente y desde mi particular punto de vista, viene más por atestiguar el sufrimiento y la deseperación de sus allegados. Me perturba, por ejemplo, verlos pasar por una fase de negación. Ver que le reclaman inútilmente a la vida una justicia ad hoc, apelando a un sinnúmero de méritos idealizados del condenado. Y bueno, supongo que el saber que hay gente que es, literalmente, adicta a tu persona, tiene un lado halagador y vigorizante; pero jamás quisiera causarle con mi muerte esta clase de dolor de abstinencia a nadie, mucho menos a aquellos que realmente me amen. Sé que ningún pavo frío es agradable, pero en lo concerniente a la rotura brusca de los lazos relacionales, creo que sí debería caber la posibilidad de poder comerse el pastel y conservarlo a la vez, aunque sea desde una ficción aspiracional (como en el final de la cinta "La felicidad de los Katakuries").
Yo en cambio prefiero no sufrir demasiado por él. Lo veo con mucha empatía. Porque más allá de lo abrupto de las circunstancias, siento que él mismo, en el fondo, ha querido huir de la vida. Daba señales; por ejemplo, su aceptación consciente de un vicio del que él sabía bien que cada vez más pronto le iba a pasar factura, acaso fue una forma (una de las más patentes) de expresar su ansia de renuncia (o su poco interés por el futuro).
A lo mejor mi identificación con su presunto proceso es solo producto de una proyección de mi propia laxitud existencial. Porque yo más que muchos entiendo lo que es vivir por vivir, a la deriva, sin ningún propósito verdaderamente definitorio. (No sé, quizás solo sea herencia.)
Como sea, desde hace muchos años que mi resolución dicta que, a diferencia de gente como él, no debo abrazar ninguna adicción que me recorte prematuramente la vida. Siento que soy demasiado joven (...y demasiado parco en experiencias de éxtasis) como para no darle un chance de beneficio de la duda a mi futura existencia.
(Cuando sea viejo y moribundo, ahí sí, me permitiría dedicarme a la heroína.)
Los peores son los que pasan por buenos
Hay un viejo adagio que dice: "El falso amigo es más peligroso que el enemigo declarado". O algo así.
Pues bien, considero que esto se aplica muy bien a la política.
Verán, mi punto es que las derechas políticas son al menos más... transparentes. Con esto me refiero a que, contrario a lo que dicta el lugar común -el cual le atribuye al término una cualidad de sinceridad- a las derechas se las ve venir. Aun las facciones más abyectas, por autoritarias y tradicionalistas, suelen ser más adivinables que sus contrapartes, las izquierdas. A tenor de los clichés digamos que las izquierdas "te apuñalan por la espalda"; "les das la mano y se te cogen del codo"; y con el agravante, bien grave, de que culturalmente son vistas como "los buenos de la película".
Esta diferencia para mí es fundamental. Como decía Hernán Casciari, a propósito de la miniserie Dr. Horrible's Sing-Along Blog, si bien los "malos y buenos son la misma clase de imbécil", la diferencia es que "los malos no son hipócritas y los buenos viven de eso". Y es que, aun si nos ponemos en la posición de un francotirador políticamente agnóstico, repitiendo la trillada postura de que ambas corrientes representan en esencia la misma mierda, no podemos dejar de reconocer la peligrosidad que representan los solapados, quienes en el mejor de los casos son inconscientes o denegados de su maldad y estupidez.
Por eso detesto cada vez más el prejuicio cognitivo que nos lleva a perdonar acciones erradas, con resultados frecuentemente nefastos, con la excusa de que hubo, supuestamente, intenciones y valores acertados. Ejemplos históricos sobran. Es el tipo de mentalidad que nos lleva a creer que "el fin justifica los medios".
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Las expresiones de idiotez del ecuatoriano promedio me parecen cada día más predecibles y divertidamente categorizables. Aclaro que si hablo de esto en función de una nacionalidad no pretendo exclusivizar el derecho a ser un idiota con el ser ecuatoriano, pues más bien creo que estos fenómenos parten de un atavismo cuyo origen es más homínido que cultural. Es solo mi apuesta de que en países tropicales y atrasados como el nuestro, la idiotez tiende a manifestarse de formas peculiarmente primitivas, amén de estéticamente turras. Eso, y por supuesto, la coyuntura.
Podríamos hablar largo y tendido de ecuatorianos que son, por ejemplo, correístas. El correísmo no hace referencia a una ideología política en particular, sino a la masa crítica de fans de esa suerte de Abdalá febrescorderiano con aire intelectualoide y cultureta, es decir, un pastiche personajístico de nuestro pasado político folclórico y bananero. Ahora bien, aunque es entendible, viniendo de primates jerárquicos como nosotros, que tengamos ídolos y que busquemos inspiración en seres excepcionales, me parece claro que escoger a un tipejo así, un político encima más, como objeto de admiración, y hasta de aspiración, demuestra una franca carencia de mejores referentes.

Ahora hablemos del quid: Jefferson Pérez, el cuencano marchista y medallista olímpico, quien es otro heroecito nacional. Quienes han leído esta bitácora saben que, aunque tampoco aprecio mucho a este personaje, mi repudio es mucho mayor contra el culto mediático que se le rinde. El reiterado dimensionamiento de sus méritos es demostrativo de la escasez de gente sobresaliente en el Ecuador, pues si como país estuviésemos avanzando en serio, la historia misma se encargaría de volver banal u obsolescente su figura en la actualidad. Pero a Jefferson Pérez se lo sigue considerando un referente de orgullo nacional por una hazaña deportiva que logró ¡hace ya 15 años!
Y bueno, esta patriotería barata, mezquina y oportunista es lo que caracteriza el culto al héroe nacional. Un culto parasitario que sin vergüenza alguna pretende, con la endeble excusa que es la compartición de una nacionalidad, colectivizar los logros de un individuo en particular a todos los habitantes de un país. Esto solo deja entrever un facilismo patético en la obtención de méritos y de gloria. Ayn Rand decía que esta búsqueda de lo inmerecido es la esencia misma de cualquier colectivismo.
Pero aparte de ese colectivismo de hincha, el culto a Jefferson me molesta particularmente porque destila un apego, muy ecuatoriano, por lo sufridor. Jefferson es mostrado como modelo de esfuerzo y tenacidad solo por la imagen que transmite su actividad atlética. El póster de un marchista sudado y al borde del colapso es una perfecta publicidad para una idea que para mí es bastante cagada e incluso perversa; la clase de idea que atesoraría el peatón facho y elemental de quien uno de sus pasatiempos literarios más estimados sería, como mínimo, el escrito de Elbert Hubbard titulado "Una Carta a García" (o algo por el estilo en su defecto). Me refiero, una vez más, a la idea de presentar el esfuerzo como algo que importa, no solo más que la esencia, las motivaciones, los resultados y el gusto por lo que se haga, sino como lo único que importa. El culto al sufrimiento y al dolor es para mí desde hace mucho un antivalor.
Criticar la idiotez de tus semejantes no es bien recibido. Todo lo que digo en estos párrafos me haría quedar como un pobre aguafiestas ante la mayoría de mis paisanos. Y a lo mejor lo soy. Pero sigo pensando que el hábito de comer mierda es mejor que el de regodearse en ella.



