¡A la púchica, hay que joderse! Hasta se me había pasado por la cabeza que lo menos que podría hacer con respecto a la sarta de huevadas peligrosamente estúpidas que promueve esta fulana en sus columnas -por las que por cierto ella debería responsablemente aceptar una considerable carga de vitriolo-, es acaso mandarle vía correo electrónico una sincera reprimenda verbal. Eso... o perpetuar en su creciente biografía virtual las entradas de mi blog que mencionen su nombre (según Goolge mi blog alcanzaría ya un primer puesto).

Me da pereza, entiendo que es aburrido, pero es que...

 

El sobreanálisis no es inocente

 

Empeñosísima, la jefa de personal obtuvo de las autoridades luz verde para implantar el uniforme al personal femenino de una institución pública.

Y va de cuento: Érase una vez... una jefa de personal de una institución pública cuya empeñosa malevolencia y adversa servidumbre hacia el Falo del Pecado fueron recontra asumidas en la mente de una socióloga de medio pelo llamada Erika Sylva Charvet...     

Solo dos de las trece mujeres que allí trabajaban se opusieron apelando a la pérdida de su identidad [...]

Es que debe ser muy arduo para muchas huevonas superficiales eso de anteponer el modo de vestir a una flaca personalidad a la hora de caracterizarse como persona.

[...] pero nadie les hizo caso. La mayoría no solo que apoyó la iniciativa, sino que incluso la había solicitado tiempo atrás.

Me parecería encantador que los consabidos apologistas de la voluntad de las masas escribieran alguna vecita un ensayo con un título que vaya más o menos así: "De cómo me di cuenta que nadie te va a hacer caso cuando no eres nadie ante la puñetera mayoría".   

Ninguna, sin embargo, sospechaba que tras estos aparentes “beneficios” se ocultaba, en realidad, un concepto de mujer y se materializaba una política sobre sus cuerpos.

Carol Murillo, otra columnista novelera de El Telégrafo (aunque evidentemente no tan abrutada), en respuesta a este mamarracho (respuesta que consta aquí), hace un punto mucho más sensato cuando habla del gusto pequeño burgués, de aquel que reniega de la uniformidad en los cuerpos de trabajo pero que cae presa de la moda. Murillo da fe en que bregar con el "qué dirán" de las mujeres a la moda constituye una calamidad mucho peor que el uniforme del trabajo.

Ahora, agárrate, que viene lo mejor...

Cubrir el cuerpo femenino ha sido una obsesión de la cultura patriarcal judeo-cristiana-occidental por su simbolización del pecado y la tentación. En la tradición bíblica, la desnudez del cuerpo de Eva encarnaba la maldad erótica y la lascivia inherente a las mujeres, perdición de la humanidad. El mensaje milenario ha sido que detrás de toda mujer se esconde una Eva, imponiéndose la necesidad de esconder su cuerpo y controlar su peligrosidad. Pese a su antigüedad, este mensaje continúa permeando los discursos y prácticas en todos los espacios sociales. Un sutil modo de reafirmarlo en el espacio público contemporáneo es por medio del uni-forme que encapsula los cuerpos de las burócratas en una misma forma, los homogeniza y monotoniza, como neutralizando su imaginado poder de seducción. Pero, no solo los oculta. Fundamentalmente, los desfeminiza y masculiniza, enfundándolos en traje de varón –pantalón, leva y chaleco- a través del cual, además, se reafirma la masculinidad del espacio público.

(Requetesic, huevón.) No te confundas, que esta parrafada que de veras parece sátira en realidad no fue escrita con ganas de joder: Erika puede que sea chistosa, pero no por ser una bufona adredista con ese sentido del humor. No, lo de esta plumífera cagatintas de la Charvet es sin lugar a dudas el sobre-anal-isis, y viniendo de ella, con una nada dudosa carga de pretenciosa mojigatería, además de una ruborizante demagogia conspiranoica. Y es que la mente de esta pobre, adoleciente de un efecto de arrastre esnob, en cambio ha caído presa de esa otra uniformidad: la del pensamiento de vanguardia psico-progre-cultureta-posmodernoide, más específicamente del discurso perteneciente al lobby feminista, el cual es un despreciable subproducto más de lo políticamente correcto, pero que sin embargo, y por razones que no me cuadran todavía, goza de una autoridad cultural casi sacrosanta y de un poder político espeluznante. 

Así, el uniforme proporciona a las mujeres las credenciales adecuadas para su desempeño en ese espacio al que han incrementado su acceso en las últimas décadas.  Su desfeminización no solo que libera a esta esfera  de la “maldad erótica femenina”, sino que las purifica a ellas mismas convirtiéndolas en portaestandartes: a través del uniforme ellas pasan a encarnar la “imagen institucional” en torno a la cual se desarrolla toda una normativa de control de sus comportamientos a través de reglamentos, multas y exigencias implícitas de “buena” conducta so pena de lesionar dicha imagen.

La maña de esta gentecita para armar fabulaciones me deja anonadado, para qué. Puntos por eso, tal vez. Pero se necesita ser estúpido o bien ignorantón para comerse cada cuento que arman estas huevonas susceptibles para hacernos creer que vivimos bajo una suerte de imperialismo fálico cuyo yugo se cuela hasta en la sopa. Agarrarse de ese absurdo victimismo chauvinista es una bajeza cobarde y demostrativa de una verdadera pobreza argumental.
 

Los hombres, en cambio, están lejos de tales constreñimientos, no solo por su gran libertad de movimiento socialmente aceptada, sino también con su mayor jerarquía [...]

Raro, porque yo nunca he escuchado de boca de los Poderes Que Son sentenciar a las mujeres a no  ponerse pantalones jeans, zapatillas, chaleco, leva y hasta corbata, so pena de desfeminizarse. Tales constreñimientos son más bien sugeridos por la defensora de mujeres Erika Sylva. Que conste además que no todos los uniformes para mujeres cubren su cuerpo completamente, pues algunos trajes consisten en faldas y camisetas con algo de escote. Pero en el caso de la vestimenta masculina, yo al menos nunca he visto a un hombre no travesti salirse con la suya llevando mini falda, tacones, medias largas y demás. Joder, ni siquiera he visto a empleados varones de instituciones públicas llevar playeras o permitirse exhibir sus velludas piernas en short. Es más, hay hombres que reprueban entrevistas de trabajo por no venir lo suficientemente enternados o aun por llevar argollas en las orejas. Y recuérdese que no hace mucho era bien mal visto en los hombres hasta llevar el pelo demasiado largo. Maldita sea, en uno de los colegios de porquería en el que yo estuve a los varones ni siquiera nos dejaban llevar peinados de estilo.

Por favor. Está claro que culturalmente es en los hombres en quienes pesan mayores restricciones en el vestir, no en las mujeres. Habla serio, estúpida golfa mitómana.

Inconscientes de estos estereotipos, las mismas mujeres actúan –como lo ilustra este caso- como las “custodias del poder patriarcal” y “su propia policía del pensamiento”, reproduciendo la norma de su dominación. En una época de cambios, esta experiencia muestra los límites de lo legal.   

¡Cuánta payasada y miseria! Niños, es por esta clase de carajadas que es sano desconfiar de las opiniones faranduleras de sociólogos o antropólogos culturetas, que idiotitas de esta calaña nos sobran pero muchisísimos. Y les aviso como yapa: en realidad son ellos quienes pretender ser los policías de la mente, los moldeadores de la sociedad...

Hay que ir más allá: erradicar de todos los espacios los imaginarios y prácticas que siguen reafirmando los mensajes patriarcales en torno a su estatus subordinado en la sociedad. 

¡Ja, ja, ja, ja, ja! Vaya con esta cojuda que sigue al dedillo el engranaje del discurso estandarizado del feminismo, el cual típicamente se caracteriza por ser divisorio, resentido, chauvinista, misándrico y ginocentrista..., aunque eso sí, ¡en nombre de la igualdad!