Carlitos vale Vera indeed.

 

Cierto es que las cocineras y empleadas domésticas son medio brutas; pero la vida me ha enseñado que si se les perdona es porque no se espera de ellas mucho mate, ni como para un PhD, menos aún para que sirvan como fuente orientadora de opiniones sobre política, sociedad y cultura. Yo de una de esas longas estúpidas que teníamos en casa no esperaba ni que aprendiese a manejar bien la plancha (y no lo hizo, hubo que quitarle el uso del utensilio).  

Pero no os confundaís, puñeteros contertulios, que no es por eso que estoy de acuerdo en que Emilio Palacio se despista y no se entera. La vanidad y el delirio de grandezas del  recientemente más célebre que antes opinólogo periodista, Carlitos Vera (a quien las masas e-lectoras de El Comercio siempre lo castigan votándole una sola estrellota, pobrecito), además de otorgarle un magnetismo particular a su persona -aunque sea por el lado del morbo comemierdista de seguir a alguien que te cae como patada-, desde luego repercuten en la calidad de su oficio. Evidente me parece. Es más, diría que más allá del ámbito periodístico, en cualquier oficio, especialmente aquellos que involucran cierto alcance humano, el narcisismo profesional no es irrelevante. Quien crea que esas cuestiones son meros defectos aparte, o sea banalidades que no dicen nada, es un ingenuo en efecto.

Vera, además de caerse de su ego, no habitúa mucho enfriar la cabeza ni apretar sus vísceras.