Cartan se sienta en la esquina y pide una jirafa de cerveza. Se pregunta por qué le dicen jirafa y no avestruz, por ejemplo. Luego recuerda que, puesto que la jirafa es más popular que la avestruz, al menos aquí en la ciudad, con toda la idea del zoológico y los animales estándar que uno espera ver en el recorrido, la avestruz se antoja como un animal bastante burdo: cabeza pequeña, aspecto de buitre voluminoso e inútil; comparada con la equina pasividad de la jirafa casi no presenta competencia sobre cuál es el cuello largo por antonomasia.

"Es sencillo", dice, "porque la importancia de los animales yace siempre en su importancia para nosotros", mientras observa que un grupo se sienta en la mesa junto a él y comienzan a eructar boberías entre ellos, para provocarse risas y sudar hormonas. "Si la jirafa tuviera un cuerpo peludo, como la llama, no sería tan interesante. O quizá es que los cazadores ingleses en el África, inmortalizaron su imagen y se nos ha quedado pegada en el subconsciente hasta invadir los medios contemporáneos. Cuando uno admira un animal, por lo general le asigna cualidades humanas para describirlo. Por ejemplo, uno dice que admira los colores de una mariposa; si sus alas fueran transparentes y similares a las de las moscas, consideraríamos que son animales desagradables, pero a la mariposa le acusamos de ser alegre, algo que es absurdo para un animal tan simple".

Sigue bajando el nivel de cerveza en la jirafa y Cartan ya ha clasificado subjetivamente a la mayoría de animales que conoce: Los herbívoros le parecen aburridos, mientras que los carnívoros se ganan la mayor cantidad de cualidades. Cree que en la medida de lo inofensivos que sean, uno tiende a atribuírles estética, mezclándo tácitamente la satisfacción de la superioridad. "Hay animales para hombres y para mujeres. Para adultos y niños. Hablando de niños, si el animal es una cría, entonces gana valor. Es más, si su rostro tiene características similares a las humanas, pareciera que les dotamos de alma y casi creemos poder leer sus miradas". El horror por la crueldad animal, es una reflexión (afirmación) sobre nosotros mismos. No existen los juicios solidarios, ni en este cochino aspecto.
 
Una muchacha del grupo empieza una típica perorata sobre cómo las mujeres muestran su inteligencia dominando a los hombres gracias a que ellos se dejan avasallar por sus pasiones (en especial cuando la pasión es sobre aquella mujer). Le parece bastante "animal" el trato, como cuando uno asiste a la toreada y dice que es un arte que un torero burle al maltrecho toro. "Si nos vieran los marcianos", reflexiona, "dirían que las corridas de «novios» son algo repugnante y cruel. Pero esta mujer hace alarde de su inteligencia y astucia; dice estar a favor de la protección anti-taurina, pero no dudaría en dispararle a un toro en la frente de ser necesario, aún si reconociera que más daño a la naturaleza le hace ella usando cosméticos que la bestia, pastando y mugiendo en paz".
 
Dejando la jirafa algo llena (quizá voluntariamente para que la llenen en otra y alguien se trague su esputo), se va del sitio y se acuerda de las interpretaciones místicas del alma humana y la metafísica: algunos humanos (y a veces las deidaes humanoides) han llegado a pervertir tanto su alma que desarrollan cuernos y patas con pezuña, justamente el distintivo de un hervíboro, pero con atributos maléficos. El hombre le ha creado tanta cultura al animal, que a veces confundimos su vida con el mito que le rodea. "Como con todo. Como con las muchachas antes de entregarse en la cama, vírgenes milagrosas por unos pocos segundos antes del verdadero portento: transmutar de espuma de leche a queso rancio, alabado y amargo, bendecido y resentido".
 
"Divino Queso, ten piedad de nosotros."
 
 

Advinando figuras, rostros, sonrisas, miradas. Más que animales, también con frutas, plantas y la forma de la tierra. Las supercherías del mundo, como la sucesión de cartas que algunos dicen que encierra los misterios del tiempo, leídas por iluminadas intuitivas que hablan por pocos pesos; y también las nuevas supercherías, como eso de que existe un mundo de racionalidad y emocionalidad al que le hemos estado huyendo, con opresiones de género, políticas y sociales. "La «injusticia» ¿Fue invento de la lucha de poderes, o estaba impreso en nuestra naturaleza? ¿Por qué de todos los animales, el hombre es el único que reclama ser igual al resto?"

Cartan se para en un puesto de salchichas, imaginando su vida como la del cerdo del que se alimenta: cercado en su cubículo, creyendo que tiene vida para algo, viviendo cada instante para algo, sin saber por qué, y con la macabra sensación de que diariamente lo pesan, lo miden, para ver si ya es hora de su buen día. Sólo que el carnicero es él mismo, a voluntad, por el tedio inmenso que le da salir a la calle a pensar en animales, en lugar de comer callado en el gran banquete.