The Käsekuchen Journal. Vol, XVII. September, 2009


 
Mi "amigo" Pepe Roble es un imbécil consumado. Tiene una capacidad elevada para pintar; es capaz de hacer retratos bastante buenos, y ha logrado mantenerse solvente económicamente a pesar de ser poco productivo, tras casi cinco décadas de fastidiar la vida a todo el mundo que no puede pintar tan bien como él. Pero si te lo presento hoy mismo, dirás que es un tipazo. Es que verás, Pepe sufre el "Síndrome de la Angustia Fálica", o "Glans-Brain Malfunction Disease".

"He pintado con Goyo Fonseca y con Héctor Raboduro", comenta, orgulloso de su historial de pintores ahora reconocidos entre aspirantes a pintores que tratan de salir adelante mediante la asistencia compulsiva a galerías mediocres que resaltan por su efectivismo vacío.  "Bouguereau y Mucha se me quedan cortos. A mí es que me sale igualito pero igualito, sólo que mejor".

Cuando conocí a José Roble, guarandeño, de un metro setenta de estatura y el rostro de una Elizabeth Taylor sin maquillaje, pensé también que su talento para la pintura debía significar, ipso facto, que era un sujeto sagaz, sensato y sensible. Como son los artistas, ¿no? Se supone que si uno ha llegado a un buen nivel plástico, ha sido gracias a un proceso de observación aguda de la realidad y lo metafísico que podemos abstraer de ella. Pepe me invitó a mirar sus cuadros: retratos que a primera vista hacen pensar que estamos frente a uno de esos prosaicos ermitaños que han entendido la insignificancia del reconocimiento y la alcurnia. Que han escupido el circenses y han abrazado sólo el arte, en un matrimonio que a Nietszche le hubiera hecho vomitar judías. Pero se respeta, hombre, supuestamente era lo que yo quería ser cuando tenía unos 15 y era iluso, estúpido y quería formar parte de una secta católica derechista.

"Pepe", como exigía que se lo llame (por cuestiones de mantener la frescura y la candidez en su trato con gente veinte años menores que él), nos recibió a cuatro de nosotros, practicantes de caricatura amateur, que soñábamos con reemplazar a Bonil, Pancho y otros, en la estelaridad de la crítica de viñetas. "Stornaiolo es demasiado predecible. Se mueve a 4/4. Yo soy jazz, soy polifonía". Lo cierto es que Roble tenía esa capacidad que pocos tienen de hacerme dudar de mi defensa constante del vanidoso. Es decir, yo, como el primero de los vanidosos, comprendo que alguien quiera zafarse de sus frustraciones como creativo al joder a los principiantes y reafirmar su progreso. Pero su insistencia en dejar claro que era capaz de hacer maravillas sin la menor práctica (decía haber topado el lápiz apenas a los 25, dato que su hermana René, la del hijo retardado, no supo coincidir en conversaciones apartadas), le hacía ver como un completo charlatán. 

Y lo era. En realidad, para un cojudo descriteriado, mirar los mismos cinco retratos bien logrados de Pepe era el paraíso, como acostarse fúricamente con la boba esa ¿Isabella? que se pasea con Elhers Jr. y muestra el abdomen cada dos tomas de un pueblerino inocentón (atiende, creo, en el bar sushi shithole "Noé", como hostess. Pa' que vean que yo cuento la plena). Para mí, tras la tercera pasada consecutiva de su mismo estilo imitativo hasta el fastidio, era como mamarse los programas oligofrénicos de esos politécnicos en el canal del Estado (un día me topé con una de las presentadoras y mientras me amarraba los cordones de las botas y le veía hablar de "lo difícil que es producir un show" me di cuenta de que por culpa de pendejas como ella, yo nunca podré tener mi anhelado show radial de variedades [diferenciables]).
 
 
 
Lo particular de Pepe es que se cagaba en mi criterio prejuicioso del artista "de las tres eses". Ahora ya no respetaba a ningún miembro de ningún gremio hasta que no me demostrara que tiene sentido darle un apretón de manos con consideración intelectual genuina. Y principalmente, me recuerda hasta ahora la enorme pereza que me suele dar tener que explicarle al animal de turno la cantidad de pasos necesarios para que se dé cuenta de las estupideces que habla. El daño, empero, radica en que esa consuetudinaria laxitud social termina dejándome ver las huevas por cada tipejo/a, quien, con mi silencio, asumen una victoria "por falta de argumentos", en una representación lustrosa del insufrible ababol que considera que en las peroratas o sermones, radica la esencia de "estar en lo cierto". La otra opción sería darme de puñetes, pero, so pena de aparecer como un marica -ni modo, tal vez soy un cobarde y por eso tanto odio reprimido, whatever works for you-, en realidad quisiera conservar mis manos para ser el John Mayer cholo, sueño que está en el top five de mi lista.
 
Y así como Pepe Roble, parece que hay una cantidad insoportable de tirados a gurús por el hecho de haberse auto-amaestrado (la forma más vil de ser un ordinario hijo de puta) en alguna arte o monería socialmente bien vista, pero tan ensayada y fatua como los recursos estéticos de un joyero/tatuador 'fagotero' de La Mariscal, que creen que en sus letanías egocéntricas (que poco tienen que ver con el egocentrismo y la vanidad bien construídas que tanto promulgo) se manifiesta también alguna esencia fundamental que los hace incorregibles, hasta el punto de caer en disparates tan vergonzosos como el de ponerse a discutir, cual estupendos orates, en un idioma que no entienden, con gente que claramente es más inteligente...
 
La alusión es a Carlos Swett Salas, incansable pendejo que, a nombre del Ecuador (que suficiente tiene con ser un país con un nombre ridículo), armó un relajo virtual entre trollesco y bluper de la SINAMUNE like, que francamente me hizo arrepentir de entender bien el inglés y haber comprendido la raíz de tanta brutalidad escupida por este tuberculoso mental. Como decía un bloggero guayaco, en tiempos en los que decirlo era de buen gusto, "daban ganas de cortarse la verga y darla de comida a los hinchas de la LDU".
 
 
[Carlos Swett Salas, ¿acaso un artista con, oh, tan nobles sentimientos? Más bien un zopenco aquejado de una patológica caradurez criolla. En la ecuablogósfera se lo conoce por su persistencia en lanzar acusaciones fuera de propósito (como lo pueden constatar aquí o aquí). Hace varios años quiso representar al pabellón nacional en un mousefight contra James Randi y sus colegas en el que debe ser uno de los atrevimientos más sonrojantes y penosos que se han dado de parte de un imbécil en pos del millón de dólares de la JREF. -- quark schiz]
 
Mi fastidio debe ser el análogo a lo que Lennon cantaba con sentarse en una hojuela de maiz. Pero largándose a uno de esos países con IQ promedio superior a 110 y servicios higiénicos gratuitos y, go figure... higiénicos. De esos donde la palabra "mercado" es sinónimo de "gente produciendo", y no hace falta tener que dar de culazos al teclado para producir textos que dizque ilustran sobre la importancia de reconocer el lado "social" de la economía, en particular, sobre la panacea que esto significaría para el pensamiento político (¡tan progre él!) latinoamericano. O para el pensamiento de vanguardia que trata de reinvindicar el rol del intestino grueso en la escritura de columnas de opinión, modelo obtuso que tiene a Mateo Martínez Abarca como abanderado mimado: basta leer su artículo sobre el derecho al placer sexual de las mujeres para preferir besar las gomas de un trailer en movimiento antes que soportar la embestida de su "caravana de la cojudez, una columna de caca a la vez"...
 
(Ese fue mi yo coplero, que nunca fue capaz de vender sus limericks a una revista por eso de no ser tan guapo como Carlos Vera. Gracias. Aplausos. Telón. Vuelve a subir, Manitas de Jazz. Telón.)