Me carga la charlatanería. Me hierve la sangre cuando me quieren tomar el pelo, y me hierve aún más atestiguar cómo mucha gente le sigue la corriente a los fulleros, aupándolos. Lo peor es que quienes cazan la metedura de dedo a veces prefieren conformarse con una chapeta o un suspiro para luego retirarse en lugar de confrontar las cosas. Y lo que es todavía peor, a veces tengo que ser yo el que le acuse a otros las cuarenta a pesar del pH de mi estómago, pues sabe Zeus que a mi aparato digestivo le convendría que yo sea más bien de esos que no meten la cuchara, de los que escuchan, callan y aprenden, y que en el mejor de los casos les hacen barras psíquicas a quienes sí cuentan con el carisma y la elocuencia para cantar la plena sin estar de los nervios.
Es un poco preocupante, eso sí, que no ande escatimando virulencia ni causticidad, que de chiste en chiste me esté volviendo déspota. Y me refiero a contextos del mundo real, así fuera de monsergas virtuales y de personajes, por cierto.
Es que estoy hartándome de tanta oligofrenia, de tanta hipocresía, mentira y superficialidad, de tanta mamarrachada, de tanta soberbia...
Estoy de malas, sí. Vengo cansado. Hoy no ha sido un buen día.
Ahora me siento delante de la página web de El Telégrafo, el diario público, dizque... ¿Para qué carajos leer esto? Yo al menos reviso de vez en cuando las columnas de opinión porque el leer las pajas mentales de quienes en su mayoría son poseritos, bufones y babosos alucinados con zurdera cursi, hasta posmoide a ratos, subproductos de nuestra intelectualidad, es algo que afina mi morbo particular (este Endivio dice que lo hace por las mismas).
Coprofilias de lectura aparte, veo que es notable en los editorialistas de El Telégrafo sus bravatas de posicionamiento, eso de presumir que hacen un diario dirigido para todos los segmentos, a saber: cobradores, carniceros, cargadores, gayos, rebeldes, abrazadores de árboles..., hasta los extraterrestres dizque están incluídos... Pero nada, veo que no pasan de ser pretensiones fatuas que las adoptan casi con la misma madurez de un episodio de los Power Rangers.
¿Le hace falta al carnicero leer esto? ¿Por qué habría de interesarle al cargador las columnas de debate? Por poner ejemplos: el chiclero para mí que preferiría comprar El Extra, porque es ligerito y principalmente por la calentura que se pega con la llucha de turno; también se me ocurre que a cierto cobrador le atañe el chismógrafo rojo del día tal y cual porque de pronto conoce a ese fulano Chicaíza de quien se reporta que le metieron filadelfia en San Isidro. ¿Por qué entonces no sería mejor para ellos leer El Extra? Es cierto que la escandalización es un elemento que atrae a muchísima gente de morbo maleducado, pero aun a sabiendas de esa perogrullada no se puede ser tan pelmazo como para condenar de un tajo a ese tabloide. Mira, desde cierto punto de vista... no sé si sociológico o antropocultural o psicosocial... o algo que suene a eso, El Extra cumple cierto rol noticioso frente a los aconteceres y miserias de esos sectores que, si bien se los puede tachar de barriobajeros, incultos e incivilizados, no por eso dejan de ser un segmento relevante cuyas exigencias noticiosas y de recreación visual el "primer diario público" no ha tomado en cuenta... O sea, ¿dónde está el picantito obsceno en El Telégrafo, el diario que es para todos?
Un ejemplo más rebuscado: el sucio vagabundo que perdió ambos brazos al accidentarse cuando trabajaba en una fábrica de textiles y que no le queda otra que deambular por las calles de Quito pidiendo caridad. ¿Qué de diferente le ofrece El Telégrafo a este pobre hombre con respecto a los discursos dominantes? Ninguna maldita cosa. Toma a una tarúpida pomposa como Erika Sylva Chárvez como muestra: ella escribiendo sobre la gran opresión machista que debería significar para unas pobrecillas burócratas de cierta institución pública el llevar uniforme de trabajo, cuando la verdad es que los trabajos más de mierda los suelen tener los hombres, por no mencionar que es a ellos a quienes les ocurren los accidentes laborales más graves. Porsupollo, abordar esos tópicos desde una perspectiva en cambio masculinista (!?) no acreditaría la dicotomía de hombres verdugos y mujeres víctimas que se ha establecido como oficial en el discurso de género (sí, oficial, por lo que, vieja imbécil, ni te creas tan contestataria, que estudiando el sumidero de clichés de la progresía resulta que tu discursito feministoide es bastante trillado).
Lo que decía en las entradas pasadas sobre El Telégrafo lo reitero. Este periódico de especialmente público, poco: no veo una propuesta que le haga mucho honor a su tag-line ni que lo haga exceder frente a otros periódicos del país; noto que institucionalmente y en su contenido sigue siendo dependiente del oficialismo (que la Chárvez revise la definición del término en la RAE, la segunda); en fin, una estafa y una tomadura de pelo. Prefiero a la competencia, me quedo hasta con el diario Últimas Noticias de Quito, diario que de hecho es más público que El Telégrafo (si hablamos de libre expresión de opiniones, participación ciudadana, variedad, inclusión y demás, lo es). Finalmente, y volviendo al problema del mal posicionamiento que veo en El Telégrafo, iba a decir que este diario me parecía un claro ejemplo de posicionamiento dudoso; pero pensándolo mejor, creo que el problema va más allá y que lo que significa es incluso más ofensivo para el lector: pues se trata de un posicionamiento no precisamente dudoso, sino mentiroso.
En cuanto a los 'telegrafitos', hasta asco me provocan sus pretensiones de creerse defensores e intérpretes de la ciudadanía (en especial de los de abajo); lo suficente sé de ciertos culterosos elitistas a quienes en el fondo les vale verga el lumpenproletariado, al que probablemente ni siquiera conocen, pero que sin embargo, como arribistas que son, de boca para afuera reivindican el atrasismo del populacho y hasta llegan a aupar a lo mersa, y solamente porque les es conveniente para escalar socialmente y ganar poder. Además, aparte de que la línea editorial del diario me parece ilícita considerando las funciones y objetivos que presume, a estas alturas es cansón ver a ciertos opinólogos como recurrentes en la sección de columnas (por no decir que un producto multi target debería manifestar mucha más versatilidad, digo yo).
Y no tan fuera de propósito, de lo que realmente quería hablar en esta entrada (la que veo se está extendiendo mucho) es de un par de visitas que han arribado a este blog googleando la combinación de palabras siguiente: lucrecia maldonado gorda horrorosa. Como eso solamente se le pudo ocurrir a alguien que buscaba lo que se ha escrito en este blog acerca de esa gorda, la referencia se encuentra en el mismo diario El Telégrafo, aquí; cito a continuación:
«A propósito de mis opiniones en este medio y en la red, el otro día un señor que debe ser muy guapo y esbelto, y que para variar no firma, dijo en un blog, a propósito de un tema muy largo de comentar aquí, que había buscado fotos mías en Internet y que yo ‘también’ era una ‘gordita horrorosa’. Bueno: gordita soy, qué vamos a hacer… Y horrorosa… depende, ¿no? Pero me hizo recordar una de las muchísimas tormentas de gota de agua orquestadas por los medios y la llamada opinión pública que hemos vivido en lo que va de este gobierno. Y pensé en que de repente también podía ponerme como un basilisco o una Magdalena, pedir refuerzos a todos mis amigos y conocidos y armar un escándalo de Dios es Padre por la opinión de un man, ahí, que seguramente no tiene en qué más ocupar su tiempo libre… pero no. Da pereza».
Antes que nada, casi que me congratulo por el par de personas seguidoras de sus artículos en El Telégrafo, ese "periódico que solo se puede leer en Internet", a las que les ha intrigado lo suficiente el origen de los comentarios sobre su adiposidad como para caer por aquí.
Ahora sí, vamos punto a punto.
Primero, lo que tengo que decir en defensa del señor al que represento es que, en efecto, se trata de una persona esbelta: qué se le va a hacer, es un sujeto alto y delgado. Lo de guapo es algo que 'también' depende, pero les aseguro que el tipo cuenta con un porte tierno y que, quizás, es alhajito. Y con respecto a que no firma, bueno, como veo que cada quién se agarra de cada estupidez para usarlo como un certificado de no anonimato (para muchos es típicamente el nombre completo, pero, ponte, para los vlogueros del TuTubo se da en cambio por mostrar la cara en los videos, lo de soltar nombres allá se considera doc dropping, falta que es hasta motivo de expulsión), entonces yo voy a empezar a promulgar mis propios estándares sobre cómo hacerse cargo de lo que uno dice. Así va a ser de ahora en adelante. Por lo pronto, y en coherencia con la onda esotérica, me da la gana de certificar mi valentía publicando una foto Kirlian de uno de mis dedos, la que supuestamente demuestra que soy un pensador obsesivo de gran sensibilidad y de conciencia superior, ergo más bacán que la imagen de una gorda fea. Aquí va:
Ahora, pasando a donde está el queso...
Como que está un poco gastado eso de acusar a los medios de confabular siempre contra de los buenos de la película, ¿no? Es un formulaico ariete retórico al que apelan para desestimar cualquier crítica por más legítima que sea. Me aburre. Tampoco me apetece rumiar demasiado sobre lo que en efecto es una costumbre de los medios, eso de agarrarse de cualquier desliz de un personaje público para luego exacerbar el suceso hasta quemarlo. Lo que sí, no creo que peco de desubicado al apuntar que de hecho existe una espeluznante diferencia de grados en el caso que nos compete. Una cosa es que un mancito que "seguramente no tiene en qué más ocupar su tiempo libre" mencione que eres una gorda horrosa desde un blog, un blog que para colmo se trata apenas de un corto que, en medio de un largo de comunicación llamado Internet (el que de veras es verdaderamente público, por ahora), resulta insignificante (porque en el mejor de lo casos cuento con siete lectores fieles); pero otra cosa muy distinta es que todo un presidente de la República le lance un apelativo tan zonzo a una señora bajo las circunstancias ya conocidas (con chabacanería y manerismos de Walter Mercado, desde un programa radial emitido en cadena y en una situación en la que la otra parte no se podía defender). Que la conducta de un presidente de un país no sea la que se esperaría de un estadista en ese cargo no me parece un asunto tan banal como para ser ignorado por la prensa o la opinión pública, ni mucho menos con alegatos de que "da pereza" decir algo al respecto (una excusa bastante boba a decir verdad, incluso para el caso que me amerita).
En fin, a mí en cambio este asunto me hace recordar que una forma de lo más facilona para conseguir seguidores y ser tomado en cuenta consiste en actuar como un amargón escupidor de vejámenes baratos. Tal parece que se está volviendo una de las estrategias más frecuentes para captar al falluco mercado electoral (tanto el del mundo virtual como el de la vida real). Basta notar la audiencia que se han granjeado esperpentos como Chavez o ver la cantidad de gente que se escandaliza por los enardecidos petardeos de un Correa.
Bueno. Siéntanse libres de escudriñar la foto y de hacer el estudio de género correspondiente.
Chao.