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Se me había ocurrido alguna vez que si decidía suicidarme, o más claro, en caso de que pudiese saber con exactitud el tiempo de vida que me quedaba, justito antes del fin, cuando mi corazoncito amargón sienta la futilidad del futuro, me obligaría a hacer una animalada espectacular (pues qué creen, la vanguardia es así).
Es como que…, bueno, como si plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro o hacer un blog no fuese lo suficientemente trascendente en la vida (o como hubiese que compensar un fracaso en alguna de esas consignas), me propondría a modo de cierre una acción política radical, a la
Lee Harvey Oswald de ser posible.
Lo de plantar un árbol, una suerte de redención para con la naturaleza, bien está; en cuanto a engendrar a un mocoso, ni verga, yo me contentaría con donar esperma y punto; sobre escribir un libro, un libro electrónico yo, porque no querría agravar más la tala de arbolitos, además tener un blog es de lo más chic en la actualidad. Por último, quizás añadiría a la lista una que diga: “Eliminar a un malvado de la faz de la Tierra”, o algo así, como para colaborar más constructivamente en la extinción de la
sobrevaluada humanidad (ver más detalles
aquí)
Pues puede que sí, el asesinar a algún bastardo, en estos tiempos en los que de por sí ya hay demasiada gente en el mundo, es una experiencia que contemplo seriamente llevarla a cabo, ya que a mi juicio también hay mucha gente que está bien pero bien de más; aparte de que cuando vea cercano el día en que no tenga por qué rendirle cuentas ya a nadie aprovecharía para coronar el entretanto que sería mi vidita para dejar el mundo como un sitio menos desagradable, aunque sea en un porcentaje nimio.
Qué sé yo, pero ahora que lo pienso, el actito no tiene que necesariamente marinarse cuando sepa que me toca a mí o cuando llegue a decidir que mi vida no va más, puesto que, ponte, si sigo la vía de degeneración pronosticada por uno de mis psicólogos capaz que sí termine volviéndome un fucking nihilista de mierda pobre en conciencia y responsabilidad; pero lo mismo podría pasarme de hallarme en los días del fin del mundo.
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Antes del fin, del fin de a de veras, para alguien con absoluta conciencia de lo que eso significaría, puede que ni siquiera quepa razón alguna para preservar nada mínimamente noble después de la propia muerte, pues de cualquier modo todos habrían de morir a corto plazo, por cuanto cualquier legado sería absolutamente fútil. Algo tenaz, por ejemplo, como lo narrado tan vívidamente por el ateniense
Tucídides acerca de los días en que una
plaga puso indistinta sentencia de muerte sobre todos en Atenas. Contaba aquel historiador que los habitantes se entregaron a placeres inmediatos y vilezas antes impensables, pues dándose cuenta los atenienses de la indiferencia que la peste asesina tenía al matar y de la certidumbre de su propio fin, ni el temor a los dioses ni el peso de las leyes reprimieron su desenfreno.
Por eso es que si el mundo realmente se acabara pronto, lo que quisiera es tener absoluta certeza del tiempo restante, el que ojalá fuese lo suficientemente extenso como para tener chance a mandar todo a la mierda y entregarme a los mayores actos de demencia posibles.
Qué liberador sería, interesante en particular para blandengues postergadores como yo, un apocalipsis inminente, lo de sentir la vida como si realmente se acabara el mundo, pero como si en serio se acabara, y no como un dato meramente refranezco además de poco práctico que les gusta repetir a los paletos tirados a
Deepak Chopra.
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Pues bien, al parecer se avecinaría una oportunidad. Como posiblemente han de saber, compañeritos, se han levantado voces de alarma por las travesuras de los científicos del
CERN. Dedicados a la observación de protones en colisión, los científicos esos pretenden, entre otras cosas, hallar la enigmática
partícula de Dios. Pero los heraldos del apocalipsis aseguran que si los experimentos del
Gran Colisionador de Hadrones (LHC) salen mal, el mundo y hasta ¡
todo el universo! podrían ser aniquilados. Hablan de que el LHC podría provocar el surgimiento de agujeros negros capaces de atraparnos y volvernos uno con
Su Fideeza (es en serio, el proceso de ser tragado por un agujero negro se llama
espaguetización); que una mala colisión de protones nos podría llevar por un escusado cuántico hacia la nada, o que hasta podría salir de ahí una suerte de
monstruo hecho de quarks aglomerados que lo absorbería todo hasta dejar el planeta como una gran pasta de materia extraña; además de ni sé qué otras cosas horribles más.
Aunque a las malas lenguas se la puede ciertamente desestimar por su sensacionalismo, de darse un verdadero desastre, de cagarse el experimento, por más altamente improbable que fuere, la pregunta sería cuánto tiempo nos quedaría. Bien, unos afirman (chucha madre, ya da vagancia seguir poniendo enlaces, qué cojudez enigüey) que la catástrofe nos terminaría en una billonésima de segundo, otros dicen que pasaría en un santiamén, otros que todo llevaría apenas minutos, o tal vez hasta días, años, décadas, o miles de años…
Yo preferiría un apocalipsis de zombies, la verdad.